
Ayer vino un chico a hacerse unas fotos. Desde el principio no quiso quitarse la camiseta. Me dijo que prefería algo “más sencillo”, algo rápido y sin complicaciones.
Asentí con comprensión.
Comenzamos la sesión. Él no sabía muy bien dónde poner las manos. Cada vez que levantaba los brazos se encogía un poco, como si su cuerpo fuera algo demasiado visible, demasiado expuesto para él.
Le dije que no posara. Que simplemente respirara, que intentara olvidarse de mi presencia, pero no lo logró.
A los diez minutos me preguntó con inseguridad: “¿Se me nota mucho?” No supe qué responderle.
Continuamos.
En un momento dado, sin que yo dijera nada, se quitó la camiseta. No fue un gesto seguro ni decidido, sino casi una rendición silenciosa.
Ahí cambió todo. No su cuerpo, sino la manera en que se sentía dentro de él.
Cuando vio las fotos, se quedó en silencio por un momento. Luego dijo: “Pensaba que esto iba a ser peor.”
No lo era. Nunca lo es.

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